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CONTRA EL LIBERALISMO CULTURAL

 Por mucho que los defensores de la llamada ideología de género lo nieguen, el actual debate sobre las minoría sexuales, los derechos del cuerpo y el rol de la mujer está totalmente politizado. Estos temas ya no obedecen a tendencias netamente reivindicatorias, sino que han sido cooptados por una agenda política que tiene objetivos muy distintos a los enarbolados inicialmente por estos movimientos sociales. La discusión de los derechos LGTB o el feminismo no es por tanto una discusión valórica, ética o filosófica, sino que se enmarca en la esencia misma de la política, es

decir en los problemas a la hora de organizar la sociedad.
Enfrentar a estas fuerzas es un derecho político, una forma de hacer política absolutamente válida. Si estas fuerzas pretenden anular el enfrentamiento en estas materias significa que en el fondo abrazan una ideología dictatorial que pretende eliminar la discusión política.
Eso haría doblemente necesaria la lucha en su contra.

NUEVOS SUJETOS REVOLUCIONARIOS
Políticamente hablando los movimientos por los derechos homosexuales y femeninos fueron transformados desde un origen reivindicatorio perfectamente válido en herramientas de crítica izquierdista, los llamados nuevos sujetos revolucionarios del neomarxismo. Este proceso fue lento, derivado del fracaso total de los movimientos obreros liderados por la izquierda internacionalista.
El feminismo inicial —llamado de primera ola— fue un justo movimiento de reclamo a principios del siglo XX ante una sociedad rígida y dominada por un puritanismo verdaderamente anti femenino y machista.
Ante el éxito del feminismo como sujeto de crítica social las fuerzas de izquierda abandonaron a los antiguos entes de lucha —los trabajadores y obreros, los cuales siempre fueron catalogados por los ideólogos de izquierda como esencialmente “conservadores” o tradicionalistas— para incluir estos nuevos sujetos revolucionarios. Esta influencia ya se vio en el feminismo de segunda ola de los años 60 —que abarcó más reivindicaciones y la gestación de la ideología de género— y posteriormente en el neofeminismo de tercera ola (a partir de los 90), movimiento que incluyó definitivamente la liberación homosexual, LGTB y los derechos del cuerpo en su bandera de lucha.

PACTO RENOVADO
Luego del derrumbe de los socialismos reales a fines del siglo XX y debido al rechazo de la teoría económica marxista, el feminismo de tercera ola y la ideología de género significaron un inesperado resurgimiento de las fuerzas de izquierda. El llamado socialismo del siglo XXI prácticamente abandonó su ideología económica marxista para abrazar el liberalismo cultural como único método de supervivencia política.
Bajo esta perspectiva el liberalismo capitalista —neoliberalismo— aceptó integrar en el exclusivo grupo de la oligarquía mundialista a los antiguos dirigentes de izquierda revolucionaria. El pacto era necesario. El juego democrático requería de dos facciones en disputa para la alternancia en el poder. Las cúpulas de izquierdas y derechas se repartían de este modo el dominio mundial.
Atrás quedaba para el socialismo el sueño utópico de la sociedad comunista, atrás quedaba la crítica a la sociedad burguesa, atrás quedaba la homosexualidad como una patología decadente de la burguesía. Ahora eran las consignas individualistas liberales las que dominaban la ideología izquierdista. Derechos del cuerpo, libertad sexual e ideología de género reemplazaron a la justicia social y el fin del capitalismo.
El nuevo orden mundial se repartió el dominio globalitario. La derecha mantendría las banderas del liberalismo económico. La izquierda jugaría con el liberalismo cultural. Ambos envueltos en una farsa política, en enfrentamientos simulados que esconden finalmente la dominación mundial por parte de una elite siniestra dispuesta a sacrificar a los pueblos por ambición y dinero. Este pacto funesto es ejercido y dirigido a través de las políticas globalistas emanadas desde la ONU, la CEPAL, el FMI, el Foro de Sao Paulo o Wall Street. El Fondo Monetario Internacional por ejemplo —la entidad más capitalista del mundo—, exige la incorporación de la ideología de género en sus negociaciones de rescate usurero.
Luchar contra el capitalismo financiero codicioso y luchar contra la ideológica de género progre es exactamente lo mismo. La lucha política mundial se ha dividido en dos facciones. Globalitaristas liberales (progres y neoliberales) en contra de las fuerzas patrióticas.
Ya no se trata de sistemas económicos ni fórmulas sociales. Se trata de libertad o dominación. No hay otra opción. No hay matices. La lucha es total.

LA GRAN ARMA DE DOMINACIÓN: LA IDEOLOGÍA DE GÉNERO
La llamada teoría de género sustenta actualmente todo un espectro de lucha política. Bajo esta se fundamenta el neofeminismo, la liberación LGTB y los derechos del cuerpo.
La teoría de género está basada en una serie de conceptos fantasiosos separados de la realidad más concreta. Su principal fundamento es hacer creer que la mente —lo que antiguamente se llamaba el espíritu, alma y ahora psiquis o consciencia— es algo diferente y a veces antagónico con el cuerpo.

Así, un ser humano de sexo masculino puede sin embargo, tener un espíritu o una consciencia femenina. Esta curiosa—además de indemostrable— teoría dualista exige altas dosis de abstracción e incluso cierto misticismo para obviar algo tan patente y mucho más realista como es la biología.
La teoría de género, al ser tan abstracta, tiene altos visos de religión. Al no tener base científica es verdaderamente una creencia recubierta de una teoría pseudocientífica. No es de extrañar que países como Irán, en donde la religión juega un papel tan importante, tengan las tasas de cirugías de cambio de sexo más grande del planeta. Es en esas sociedades en donde hablar de un “alma” femenina “encarnada” en un cuerpo masculino es algo creíble. Lo curioso es que en las sociedades modernas occidentales ese tipo de teorías sigan teniendo adeptos, los cuales son utilizados —como tantas veces se hace con las temáticas espirituales— por una camarilla de manipuladores.
La teoría de género está orientada a diluir la identidad personal. La identidad — ya sea sexual, familiar, étnica o nacional— es la gran piedra de tope a los planes mundialistas de dominación. Diluir las identidades permite mantener una masa de población apática, sin objetivos, desorientada, y lo más importante, adormecida en sus instintos de lucha y justicia.
Destruir el centro psíquico de la personalidad concreta, del sí-mismo arraigado en la biología, vinculado al mundo real y sostenido en la identidad personal y comunitaria lleva a un estado patológico que vulnera a los individuos y los anula como sujetos conscientes.
Alimentar mal a la población, destruir su hábitat natural, entregarla a las drogas recreativas, confundir su identidad sexual y nacional o desdoblarla psíquicamente es parte de una misma estrategia de dominación. Luchar en contra de todos esos males es una necesidad política de primer orden.

INDIVIDUALISMO Y ABORTISMO
El más claro signo de que la ideología de género abrazada por la “izquierda” es en verdad de origen liberal es su fundamento individualista. Ningún grupo político de raíz marxista hubiera hecho propia esta ideología debido al más descarnado y egoísta individualismo que la fundamenta. Los derechos del cuerpo y la libertad sexual se enmarcan en una visión del mundo que relega al bien común como algo de segundo orden por debajo del interés personal.
En todas las ideologías en donde la comunidad es un sujeto político más importante que el individuo —especialmente en el nacionalismo—, los derechos individuales han estado por debajo del pueblo o la nación. Sólo con la irrupción del liberalismo los derechos individuales lograron marginarse de los procesos sociales.
Quizás la tendencia más individualista y menos comunitarista que puede existir actualmente es el abortismo. Esta ideología moderna no se basa en políticas eugenésicas o de planificación de la población —las cuales si tienen una raíz comunitaria o nacional—, tampoco en reivindicaciones feministas. Es verdaderamente una manipulación y desvirtuación de argumentos libertarios de índole subjetivo, que

seducen a individualistas deseosos en eludir responsabilidades o aterrorizados en alterar un estilo de vida vacío y errático lo que motiva el llamado derecho a elección para llevar a término un embarazo.
Sin embargo, el liberalismo cultural suele argumentar que el aborto libre es una materia relacionada a la justicia social. Las clases bajas no tendrían acceso a procedimientos públicos seguros como si lo tienen los ricos en un sistema ilegal de aborto privado. Pero este argumento no tiene relación con el problema político de fondo. Una perspectiva comunitaria y nacionalista impulsa a evitar abortos en toda la comunidad nacional y no a masificarlos por el sólo hecho de que cierto grupo social ya los realiza.
En las sociedades apegadas a las leyes naturales, los niños sanos son un tesoro comunitario, hijos del pueblo y de la patria. Una visión de mundo de este tipo celebra y promueve los nacimientos. Limitarlos crea una selección inversa, ya que reduce el número de individuos a la hora de buscar la fuerza creadora para recorrer los desafiantes caminos del engrandecimiento nacional.
La discusión política del aborto no radica en cuanto a si lo que se está eliminando es un ser humano o un montón de células, tampoco si ese acto es pecado, menos si es parte de la justicia social. La discusión política del aborto desde la perspectiva nacionalista radica en una lucha ideológica entre individualistas intoxicados de ideología liberal y los últimos comunitaristas, aquellos que creen que el pueblo y la nación son más importantes que el individuo aislado.

IDENTIDAD SEXUAL
La identidad es la definición del sí-mismo. La identidad fija objetivos y establece un marco desde donde desenvolverse con propiedad y autenticidad. La falta de identidad es una verdadera epidemia posmoderna que tiene a las nuevas generaciones desprovistas de objetivos e intereses, además de constituir una patología psicológica de graves consecuencias personales.
La identidad más básica es la que aporta la biología sexual. Los hombres se sienten hombres porque su condición biológica masculina determina la estructura psíquica, hormonal y neuronal. Lo mismo las mujeres. La identidad familiar, social y nacional complementa a la identidad sexual y enriquecen la percepción de la consciencia.
Sentirse hombre o mujer no es un constructo social. Sentirse hombre o mujer es la correlación entre la mente y el cuerpo. La disociación entre la biología y la consciencia es un grave dualismo psicológico, es estar desconectado con la naturaleza, es estar abstraído de la propia naturaleza.
Lo que efectivamente constituye un constructo social es el rol de la masculinidad y de la femineidad en la cultura. Esto ha variado a través de los tiempos. Sin embargo, el rol del hombre y el de la mujer en las sociedades sanas nunca ha entrado en contradicción con el fundamento psicobiológico del sexo masculino o el femenino.

EVOLUCIÓN SEXUAL
En la naturaleza hay distintas formas de procreación producto de distintos caminos de evolución sexual. Son procesos que tardan millones de años derivados de penosos caminos de ensayo y error, selección y adaptación. En la naturaleza no hay moral, sólo una tendencia a la preservación de los grupos de organismos.
Durante millones de años la naturaleza orientó la evolución humana a la separación de nuestra especie en dos sexos. Así, el sexo masculino y el sexo femenino se especializaron en sus respectivas funciones. El camino de la especie humana tuvo su fortaleza en la desigualdad sexual y el desarrollo biogenético que se desprendió de ella. Lo anterior no desmiente que en la especie humana haya casos en donde la identidad sexual no coincide con el sexo, sin embargo, estas situaciones excepcionales no presentan ninguna función evolutiva ni de preservación comunitaria, por lo tanto si bien se deben respetar, una comunidad con fuerza vital no las debe exaltar, ni mucho menos equiparar a las identidades biológicas.
En la historia evolutiva del hombre, separar funciones significó la especialización del macho en las tareas de defensa del cerco comunitario y la especialización de las hembras en la crianza de las crías humanas. Toda la biología neuronal, glandular, muscular e incluso ósea se orientó a esta diferencia de funciones.
Así el hombre desarrolló un cuerpo dotado de más masa muscular que la mujer. También desarrolló una estructura neuronal y mental orientada a desarrollar tendencias mucho más agresivas, a ver amenazas de forma más categórica y a separar entre amigos y enemigos de forma mucho más radical. También desarrolló una capacidad orientada a la técnica —guerrera en una primera instancia— y a la estrategia a la hora de enfrentar la lucha con el entorno y con otras comunidades.
La mujer por su parte orientó su evolución fisiológica a la concepción y cuidado de crías de una forma nunca antes vista en la naturaleza. Una inmensa capacidad intuitiva y emocional, una tendencia a la profundidad perceptiva y comprensiva permitió desarrollar estrechos vínculos emotivos con sus crías. Estas capacidades psicológicas, sumado a la fuerte inversión de tiempo en educación práctica y social, permitieron que las crías humanas fueran altamente preparadas a la hora de ejercitar métodos de supervivencia, cultura y posteriormente civilización.

EVOLUCIÓN CULTURAL
La cultura nace de la capacidad espiritual, es decir de la mente y la consciencia. La mente es una entidad biológica. Si la evolución humana determinó la separación biológica en dos sexos, la mente también evolucionó de esa forma. Desde esta realidad cada sexo creó sus propios roles culturales.
Las características biológicas del hombre y su rol evolutivo le hicieron desarrollar una cultura guerrera. La sed de conquista y la ambición desmedida fueron características masculinas altamente valoradas en la dura antigüedad humana.
La mujer, ante su inmensa capacidad intuitiva y protectora, sumado a su conexión biológica con los ciclos de la naturaleza, le permitió desarrollar una cultura más religiosa. Tradicionalmente era la mujer la encargada de conectarse a los dioses

de la naturaleza, ellas eran las sacerdotisas de todos los cultos antiguos, las musas intuitivas y los oráculos divinos.
El hombre tendió a proyectarse psicológicamente hacia afuera, hacia la conquista y la expansión. También, debido a su masa muscular, fue el hombre el que la mayoría de las veces realizaba el trabajo pesado en las economías familiares. En tanto, la mujer se proyectaba psicológicamente hacia adentro, a la crianza y la contención. En las sociedades tradicionales las mujeres abarcaron todos los roles acordes a su estructura psico-biológica, evitando las tareas de esfuerzo físico, en especial aquellas que dañaban su aparato reproductivo —acciones como largos viajes comerciales o militares, muchas horas de pie o sobre exigencia abdominal permanente—, órganos muy susceptibles al daño por esfuerzo muscular. En las épocas de la gran lucha por la existencia la mujer no podía darse el lujo de dañar su matriz. Esta era la fuente de la fertilidad, el gran tesoro de la preservación.

PATRIARCADO OCCIDENTAL
La diferencia biológica entre los sexos aseguró la igualdad social de hombres y mujeres. En las sociedades tradicionales —como las de la antigüedad pagana europea o en los mapuches chilenos—, cercanos a la naturaleza y desprovistos de tecnología, se hacía muy evidente que los hombres y mujeres era un complemento, que en el caso de su desestabilización, amenazaba la preservación comunitaria. Tener un mismo estatus comunitario era indispensable para la preservación grupal. Bastaba que uno de los sexos se viera disminuido social, demográfica o fisiológicamente para que el equilibro perfecto se viniera abajo condenando al grupo a la extinción.
En las sociedades tradicionales de la antigüedad, a medida que la técnica avanzaba, el hombre dejó de ser sólo un guerrero orientando su espíritu a las labores técnicas y comerciales. Las mujeres en tanto, asumieron un rol educacional y social muy importante. Toda esa capacidad de contención y percepción se puso al servicio de la estructura pedagógica y de la asistencia social.
Pero lamentablemente, debido a factores de desvarío cultural, el rol de la mujer fue puesto en un sitial secundario en la sociedad occidental.
Quizás la razón de esto radicó en que la religión occidental tendió a ver a la mujer como entidad voluptuosa y —según ciertas interpretaciones— como responsable del pecado original. En casos extremos se impuso la idea de la mujer como un mal necesario pero peligroso.
Durante la Edad Media la mujer fue apartada de su rol tradicional, mirada en menos y sujeta a una verdadera posición de segunda categoría. La percepción e intuición, la cercanía con la naturaleza y sus ciclos fue visto en algunos países europeos incluso como algo maligno. Esto les costó la vida a muchas mujeres en las ominosas hogueras inquisidoras.

HACIA UN FEMINISMO NACIONALISTA
Volver al sitial tradicional de la mujer debe ser parte de una visión de mundo fundamentada en la naturaleza. En este sentido un sano feminismo es algo

completamente necesario. La mujer en la Era actual debe volver a su sitial complementario con el hombre. Incluso la tecnología actual permite que las mujeres compatibilicen perfectamente su esencia con la inserción en el mundo laboral de formas nunca antes vistas.
Pero esta inserción no se puede fundamentar en la igualdad, sino todo lo contrario. No se saca nada con renegar de la naturaleza y la biología, sino que debe justamente reforzar esa desigualdad y especialización evolutiva.
Las tendencias psicobiológicas de los hombres así como las de las mujeres deben ser valoradas de forma equitativa. No habría nada más provechoso en una sociedad moderna que la capacidad intuitiva y emocional de la mujer fuera un complemento a la capacidad más fría y técnica del hombre en la realización de todo tipo de labores comerciales, administrativas, de planificación y ejecución, tanto en ámbitos públicos y privados.
Los roles de hombres y mujeres deben adaptarse a los cambios culturales y tecnológicos sin perder su fundamento evolutivo tendiente a la especialización diferenciada. La naturaleza de hombres y mujeres puede perfectamente convivir con la modernidad y la libertad que entrega al ser humano la tecnología y la menor presión del entorno en la lucha por la existencia.
Millones de años de evolución no se borrarán mágicamente. Hombres y mujeres aún conservan su estructura muscular y más importante aún, su estructura neuronal de la forma que se ha preservado por milenios. Hombres y mujeres siguen actuando según su rol natural, es por eso que no se debe ir en contra de la naturaleza sino que recorrer caminos de progreso de forma ecológica y sustentable.

Ni criminalizar a los hombres —como pretende el neofeminismo— ni satanizar a las mujeres —como en la Edad Media y en parte con el machismo occidental. Menos tratar de disolver las identidades sexuales como pretende la identidad de género. El único camino posible es el de afianzar las únicas dos identidades con fines evolutivos, aquellas que coinciden con el sexo biológico; hombre para el sexo masculino y mujer para el sexo femenino. Este afianzamiento debe poner a un mismo nivel a ambos sexos, sin preponderancias y utilizando al máximo las características psicobiológicas que cada uno obtuvo mediante los millones de años de adaptación y especialización evolutiva.
La lucha en contra del abortismo, en contra de la teoría de género, del neofeminismo y del lobby LGTB se enmarca en una lucha política en contra de las fuerzas mundialistas de dominación. Estas apuntan a la fragmentación nacional, la disolución de la identidad y a la neutralización del individuo y su capacidad de lucha. Desde la desaparición política de un verdadero comunismo marxista el liberalismo cultural (progresismo), económico (Neoliberalismo capitalista) y político (democracia de tipo liberal partidista) es el principal enemigo del nacionalismo.

El Movimiento SocialPatriota enfrenta estas ideologías mediante el total derecho de lucha política. Impedir la homosexualización y la disolución de la identidad del pueblo, impedir que los individuos de la nación se hundan en el individualismo más egoísta es parte de nuestra lucha por la justicia social y la identidad nacional y a ella nos abocaremos con resolución y firmeza.

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